Nº 338

UNIDAD NACIONAL PARA DERROTAR LA DICTADURA

La reiterada negativa del gobierno de Nicolás Maduro de facilitar un acuerdo satisfactorio que permita a la ciudadanía expresarse libremente mediante el voto, así como la decisión de adelantar para abril los comicios presidenciales terminó por dinamitar las conversaciones sostenidas por el oficialismo y la oposición democrática en República Dominicana, donde se discutían también otros asuntos relacionados con la grave crisis económica y social padecida por la mayoría inmensa de la sociedad.

La intransigencia del régimen, de una irresponsabilidad sin precedentes, busca imponer a todo evento sus objetivos continuistas. Obcecación de consecuencias negativas para la nación porque ello significa prolongar el autoritarismo, la pobreza, el hambre y la inseguridad.

Con la decisión política de realizar un proceso electoral reñido con la legalidad vigente y sin las condiciones mínimas para que el mismo sea libre, justo y competitivo, el oficialismo conculca el derecho al voto burlándose cínicamente del pueblo y da una vuelta de tuerca que aspira irreversible para atornillar su proyecto dictatorial inspirado en el castro comunismo.

Las posibilidades de vencer al régimen requieren de la confluencia de todas las fuerzas políticas, sociales e individualidades opuestas a la camarilla gobernante que en conjunto con la creciente presión internacional logre abrir un camino al cambio.

Los avances de las fuerzas democráticas en esta prolongada lucha contra el oficialismo siempre han tenido como componente fundamental la unidad de las fuerzas opositoras. Los hitos más importantes han sido el Referéndum Constitucional del 2007 y las elecciones parlamentarias del 2010 y del 2015. A pesar del gran adelanto que ha constituido la convergencia de los partidos políticos en la Mesa de la Unidad Democrática, ésta se ha visto lamentablemente limitada por la superposición de intereses y visiones que a nuestro entender demuestran una incomprensión de las características de un régimen dispuesto a mantener el poder a toda costa.

En la actual coyuntura en la cual Venezuela corre el riesgo de prolongar por otros seis años este nefasto gobierno urge reconstruir la unidad y superar las carencias y diferencias internas para convertirse en factor aglutinante y portavoz de las mayoritarias demandas de cambio. El país exige y necesita de una real, efectiva y cohesionada dirección política para resistir con éxito el plan oficialista de consolidar la dictadura.

La misión de las fuerzas de cambio no termina con la salida del poder de quienes hoy nos gobiernan, incluye la trascendente tarea de encarar y superar la emergencia humanitaria, reinstaurar el imperio de la Constitución, reconstruir el país y sentar las bases para edificar una Venezuela libre, próspera, incluyente y segura.

El cumplimiento de semejante misión requiere de la conformación de un amplio frente de unidad nacional con un proyecto estratégico compartido. La MUD puede y debe ser el convocante de tal esfuerzo.

La Fundación Espacio Abierto se suma a los esfuerzos por construir esa unidad nacional. Los partidos democráticos y la sociedad civil organizada deben asumir su responsabilidad en ésta hora crucial para los destinos de la patria.



La Junta Directiva de la Fundación Espacio Abierto

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Los viejos métodos



VICENTE ECHERRI


Que el secretario de Estado de Estados Unidos Rex Tillerson dijera poco antes de salir de gira por América Latina que la situación de Venezuela podría ser enmendada por los militares —sugiriendo que el tradicional coup d’Etat como la solución más expedita para la crisis que vive esa nación sudamericana— ha escandalizado a muchos, sobre todo a los que dan por definitivamente superada la fórmula con que en el siglo XX se quitaron y se pusieron gobiernos en este continente que Estados Unidos, no sin razón, consideraba su “traspatio”.


En las últimas décadas y a partir de un legítimo movimiento hacia la legalidad democrática en toda la región, cuando regímenes militares en Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y Perú dieron paso a gobiernos producto de elecciones, Estados Unidos asumía ostensiblemente una posición de respaldo y de menor intervención directa. No pasaba lo mismo en el Caribe, donde Washington apoyó abiertamente a los contras

nicaragüenses frente al régimen revolucionario de los sandinistas y al gobierno salvadoreño que se enfrentaba a una guerrilla de inspiración marxista; o intervenía abiertamente en Granada y en Panamá para propiciar un cambio de régimen, como lo hizo luego en Haití a fin de librar a ese país de la dictadura de Raoul Cedras.


Con Venezuela, EEUU ha mostrado una tolerancia sólo superada por la que ha tenido hacia esa fuente de incordios para la política norteamericana que ha sido Cuba por casi seis décadas, al extremo de que personas muy enteradas cuentan que Colin Powell, secretario de Estado en el momento en que se produce el golpe contra el presidente Chávez en 2002, interviene para desalentar a los golpistas, siendo esa una de las razones por las que sobrevive hasta el presente la nefasta revolución bolivariana.


Yo creo, sin embargo, que el gobierno de Estados Unidos —tras un breve hiato de mesura y pese a todas las protestas no intervencionistas del presidente Trump— empieza a cobrar conciencia nuevamente de la importancia de la región para sus intereses y de la necesidad de intervenir en ella de manera más activa si no quiere verse suplantado en poco tiempo por China y Rusia, que se empeñan en extender sus zonas de influencia.


Mientras la situación geográfica se mantenga (factor casi imposible de alterar) y Estados Unidos siga siendo una gran potencia con vitales intereses regionales, la condición latinoamericana de “traspatio” es una realidad ineludible, que es mejor que sea asumida por unos y otros con toda la responsabilidad que eso conlleva, en lugar de producir escándalo. Si bien es verdad que en el pasado EEUU estuvo detrás del derrocamiento de gobiernos legítimos que afectaban sus intereses y a favor de regímenes despóticos que los favorecían, sus intervenciones, directas e indirectas, en las últimas décadas, siempre han sido para contribuir al retorno de la democracia. Venezuela no debería ser una excepción.


No es de esperar que unos militares tan purgados y corrompidos por el chavismo en casi veinte años de gestión cuenten con la independencia y el patriotismo suficientes para derrocar a Maduro, de ahí que el comentario de Rex Tillerson no pase de ser eso que en inglés llaman wishful thinking. No obstante, tiene la importancia de revelar que Estados Unidos vuelve su mirada a América Latina y se da cuenta de cuáles siguen siendo los mayores problemas, a la cabeza de los cuales se destacan el foco de infección que Venezuela y Cuba representan (no en balde el Presidente mencionó a ambos países en su reciente discurso sobre el estado de la Unión). El Tío Sam enarbola el bastón, o el garrote. Los males que provocan su impaciencia son viejos, los métodos para remediarlos pueden serlo también.


Tomado de el Nuevo Herald

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